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Monday, January 7, 2013

Paul Klee: creatividad y abstracción

Ya a finales del siglo XIX el arte estaba intentando cortar con el formalismo academicista, pero a principios del XX la cosa se salió de madre: empezaron a nacer vanguardias sin control, se desató la creatividad individual dando paso a artistas, más que a movimientos artísticos, se cortó con la función representativa de la realidad (sobre todo en la pintura) para dar paso a la expresiva. Surgieron movimientos como el expresionismo, el cubismo, el rayonismo o el dadaísmo. Incluso la música «clásica», esa disciplina que parece permanecer invariable a lo largo de los siglos, experimentó una sacudida con el atonalismo y, más tarde, con la música concreta.

Esta crisis en las artes (entendida esta palabra como ’mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales’) brota de una realidad mundial inestable, en la que se ha perdido la fe en el ser humano, con grandes avances científicos que se utilizaron para cambiar para siempre el significado de la palabra «guerra» (podrían haber sido buenos, pero así somos). Fue entonces cuando se empezó a entender el arte como acción transformadora, con un fuerte componente lúdico a la vez que autocrítico. Lo que está claro es que estas nuevas tendencias no dejaron a nadie indiferente, y si no que se lo digan a los nazis que lo consideraron tan importante como para hacer quemas públicas de las obras.

 

Villa R, 1919.Óleo sobre cartulina, 26,5 x 22 cm.Kunstmuseum, Basilea.
Villa R, 1919.
Óleo sobre cartulina, 26,5 x 22 cm.
Kunstmuseum, Basilea.


 

Uno de estos artistas, más denostados que admirados, fue Paul Klee. Habiendo bebido del impresionismo, se fue acercando al arte abstracto y colorista creando composiciones de ensueño que quieren imitar «en el juego del arte las fuerzas que han creado y siguen creando el mundo». Sus críticos le acusan de utilizar una pintura pueril y pretenciosa y de mezclar técnicas de manera disparatada, asumiendo que se debe a la indecisión en lugar de a la intención. Pero teniendo en cuenta que una de las ideas principales en su obra es el caos primigenio, ¿no es esta una manera brillante de representarlo?

 

Bodegón con dado, 1923.Acuarela, lápiz de cera y tinta sobre papel adherido a cartulina. 27 x 38 cm.Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.
Bodegón con dado, 1923.
Acuarela, lápiz de cera y tinta sobre papel adherido a cartulina. 27 x 38 cm.
Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.


 

Como se dice, «para gustos, colores» (y si te gustan las vanguardias tienes unos cuantos a elegir). Este artista puede gustarte o no, pero lo que no se puede negar es que él fue uno de los impulsores del arte moderno; no hace falta que me creas, date una vuelta por el Reina Sofía, el MACBA, el MUSAC o el Guggenheim y lo verás por ti mismo.

Déjate atrapar por su obra y piérdete entre sus símbolos hasta encontrarles significado, o simplemente disfruta de los colores y formas de sus lienzos en «100 x Paul Klee», que puedes visitar en el Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen de Dusseldorf hasta el 10 de enero de 2013. Si Alemania en invierno te resulta muy fría, siempre puedes hacerte con Klee de Donald Wigal o disfrutar de sus representaciones de animales en Beauty of the Beast (ambos en inglés).

 

 

Tuesday, November 20, 2012

A solas con Hopper

Para una amplia mayoría de historiadores del arte y críticos, la obra de Hopper está necesariamente ligada a la soledad. Así pues, ya que debemos hablar de Hopper, hablemos de soledad. Y ya que estamos, hagámoslo de la soledad llevada al extremo, que es el solipsismo. Este término alude a una forma extrema de subjetivismo que afirma que lo único que existe es el propio yo o, al menos, lo único que puede ser conocido. Cualquier noción externa a uno no tiene entidad sino como producto de nuestra mente. Bueno, de «mi» mente, ya que estoy yo sola. Sería algo así como Juan Palomo in extremis.

Realmente se presenta como una idea desoladora, pero podría verse como la única forma de preservar la singularidad ante un mundo cada vez más masificado. En este sentido, la obra de Hopper se podría calificar de solipsista, porque las figuras que representa parecen elegir estar solas, incluso aunque aparezcan en compañía de otros. La soledad es su forma de no participar de la modernidad, del optimismo generalizado, de las incongruencias del mundo; es una forma de ensimismamiento. A este respecto, Hopper declaró que la abstracción que se desprende de sus cuadros tal vez no fuera otra cosa que un reflejo de su propia soledad, o quizá un elemento característico de la condición humana.

 


People in the Sun (Grupo de gente al sol), 1960.
Óleo sobre lienzo, 102,6 x 153,4 cm.
Smithsonian American Art Museum, Washington D.C.


 

En People in the Sun, por ejemplo, vemos a un grupo de personas orgullosas de su propia soledad, con la mirada fija en el horizonte o en una hoja de papel, sin establecer ningún tipo de contacto entre ellos. La absoluta falta de comunicación acentúa la sensación de soledad. Esta obra reúne todos los elementos característicos de Hopper: las grandes formas geométricas, la aplicación de colores planos, la presencia de elementos arquitectónicos y, por supuesto, el protagonismo de la luz, que al proyectar las sombras sobre el pavimento parece ser lo único que tiene movilidad en la composición.

 


Two Comedians (Dos comediantes), 1966.
Óleo sobre lienzo, 73,7 x 101,6 cm.
Colección de la familia Sinatra.


 

En una de las biografías de Hopper se afirma que se identificaba con la marginalidad de los payasos y otros artistas igualmente ajenos al mundo real. Así, en su última obra, Two Comedians, vistió a su mujer, Josephine, y a sí mismo de pierrots que saludan al público al final de su actuación. Hopper hace una reverencia al espectador y lleva de la mano a aquella que lo acompañó en todo. ¿Qué significa esto? ¿Acaso trataba de decirnos que la soledad que pintaba no era más que metafórica, pues siempre la compartió con Jo? ¿Tal vez es una broma de mi mente solipsista que trata de hacerme entender que el Hopper del que hablo no era más real que este que se despide vestido de comediante?

 

Tanto si existes fuera de mi mente como si no, no te pierdas la mayor retrospectiva dedicada al artista que acoge el Grand Palais de París hasta el próximo 28 de enero ni desaproveches la oportunidad de llenar tu soledad con esta monografía en formato electrónico de Gerry Souter.

 

 

Sunday, November 11, 2012

Más allá de la oreja de van Gogh

En el mundo en que vivimos, el cotilleo anda a la orden del día. Si es sobre alguien famoso, mejor. Y si es algo malo o políticamente incorrecto que dicho famoso haya hecho o dicho, tienes la seguridad de que cientos de miles de personas pagarán por saberlo. Y eso no ocurre sólo en los «corrillos» (donde, seamos sinceros, el nivel intelectual es muchas veces inferior a la media de la audiencia de HMYV*), sino a niveles artísticos, donde un desliz del pintor/cineasta/músico/... puede provocar el ostracismo de un talentoso individuo.

¿Qué hubiera pasado si, llevados por juicios morales, hubieramos decidido que Quevedo no era digno de atención? Pudo ser un misántropo y un misógino, pero eso no quita para que sus sonetos amorosos sean los mejores escritos en lengua castellana (con permiso de Garcilaso). ¿O si hubiéramos desatendido el Impresionismo por la «laxa moral» de algunos de sus protagonistas? En mi humilde opinión, el Arte debe ser mirado con ojos artísticos, no centrándonos en quién está detrás. Eso son asuntos humanos y lo juzgan tribunales humanos.

 


Retrato de Père Tanguy, 1887.
Óleo sobre lienzo, 92 x 75.
Musée Rodin, París.


 

Y todo esto, ¿a santo de qué?, os preguntaréis. Pues viene a que, por fin, alguien se ha animado a montar una exposición sobre van Gogh mirando más allá del personaje (ese loco que se cortó una oreja y terminó suicidándose con un disparo en el pecho), que si bien ha creado un mito que ha favorecido su celebridad, también ha oscurecido en parte el valor artístico de sus obras (para el público en general, no para los especialistas). Y es que, el bueno de Vincent, era un apasionado del Ukiyo-e, tanto así que coleccionó cientos de ellos y creó un taller en el que se dedicaba a su copia.

 


Japonesería: Ciruelo en flor, 1887.
Óleo sobre lienzo, 55 x 46 cm.
Van Gogh Museum, Ámsterdam.


 


La cortesana, 1887.
Óleo sobre lienzo, 105,5 cm × 60,5 cm.
Van Gogh Museum, Ámsterdam.


 

Acercaos a la Pinacothèque de Paris para disfrutar de esta comparativa entre van Gogh y su admirado Hiroshige en la exposición «Van Gogh et le Japonisme» (enlace en inglés) que se podrá visitar hasta el 17 de marzo de 2013. Si París no es lo tuyo, pero quieres conocer más el van Gogh «artista» de lo que ya conoces el van Gogh «persona», hazte con este ebook firmado por Victoria Charles.

*Hombres, mujeres y viceversa.

 

 

 

Monday, October 22, 2012

Impresionismo y la moda

Ahora que están tan de moda los blogs de estilismo y las egobloggers son las nuevas estrellas de la red, no está de más recordar que ellas no son las primeras ni las últimas en interesarse por la moda ni retratar el estilismo contemporáneo.

Haciendo un trabajo a medio camino entre los paparazzis y los cazadores de tendencias, los impresionistas, en su afán por retratar la vida urbana de la época, se convirtieron en pintores de la moda (que no de moda, la mayoría del público los denostaba). Desde los bailes de Renoir a las noches de ópera de Mary Cassat, podemos encontrar en sus cuadros a la gente «in» del París del Moulin Rouge y sus distintos modelitos de día y noche. ¿Os recuerda a algo?


Mary Cassatt, Lidia en el teatro, , c. 1879.
Pastel, 53,3 x 43,2 cm.
The Nelson-Atkins Museum of Art , Kansas City, Missouri.



Mary Cassatt, Mujer con collar de perlas en un palco, 1879.
Óleo sobre lienzo, 81,3 x 59,7 cm.
Philadelphia Museum of Art, Filadelfia


Y es que el ansia de retratar la vida cotidiana segundo a segundo nació mucho antes de que se inventaran los móviles con cámara (sí, esos que te bajas un programa y ya te crees que eres fotógrafo profesional). Visto el éxito y la estima en que ahora tenemos a estos reformadores de la pintura, ¿sería posible que en un par de siglos que viene se expusieran en los museos esas fotos que tanto nos molestan ahora en las redes sociales? (desde aquí quiero hacer un llamamiento: sí, es posible comer sin hacerle una foto al plato, ¡no todo el mundo quiere ver el aspecto de tu comida por más que el restaurante tenga estrellas Michelín! Fotos gastronómicas en revistas gastronómicas. Gracias.) Por nuestro bien, espero que no y que recuperemos el sentido común en algún momento.


Pierre August Renoir, Baile en el Moulin de la Galette, 1876.
Óleo sobre lienzo, 131 x 175 cm.
Musée d’Orsay, París.


Si te interesan estos «pioneros» del papel couché, o la vida y moda del París del XIX, acércate a «L’impressionisme et la mode», en el Musée d’Orsay del 25 de septiembre de 2012 al 20 de enero de 2013 o, si prefieres disfrutar a tu aire del encanto y la elegancia del siglo XIX, llévate a casa el estudio de Nathalia Brodskaya sobre el Impresionismo en forma de ebook.

Tuesday, October 9, 2012

Entre naturalismo e impresionismo: Caillebotte

Debo admitir que cuando, hace no mucho, mi jefe me nombró a Caillebotte, no sabía de quién me estaba hablando, mucho menos su nacionalidad o el movimiento estético al que pertenecía (y no digamos cómo escribirlo). Pero Google existe por una razón, así que hice una búsqueda y me quedé sorprendida al ver que, aunque no conocía el nombre del artista, las imágenes me eran muy familiares. Y es que con Caillebotte pasa como con las canciones clásicas, que todo el mundo las conoce pero poca gente es capaz de decir el intérprete/autor.

Este acaudalado impresionista tuvo parte de culpa del éxito de sus compañeros y luego cayó en el olvido (¿quizá por su toque naturalista?). Y digo que tuvo culpa porque se convirtió en su mecenas, además de amigo y colaborador, y no contento con eso, a su muerte donó su colección al Estado.


Calle de París, día lluvioso, 1877.
Óleo sobre lienzo, 212,2 x 276,2 cm.
Art Institute, Chicago.


Es precisamente esta mezcla de impresionismo y naturalismo lo que, a mi parecer, lo hace interesante y le da ese aspecto de fotografía a sus obras. Eso, además de los temas elegidos, claro, ya que como buen impresionista se dedicó a retratar el París urbano, pero lo hizo con un aire más del siglo XX que del XIX (hay quien afirma que le recuerda a Hopper, y no me parece una comparación desacertada).

La exposición «Gustave Caillebotte. An Impressionist and Photography» del Schirn Kunsthalle de Fráncfort del Meno hace especial hincapié en este aspecto fotográfico; tanto que expone, junto a las obras de Caillebotte, fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX. Si tienes un rato, puedes acercarte y maravillarte con la obra de este no tan conocido pintor. O si lo prefieres, puedes hacerte con este libro de Nathalia Brodskaya.

Thursday, September 27, 2012

Hace cien años

Aunque a veces nos encontremos con alguna que otra lechuga vestida de frac, los seres humanos somos seres vivos, es decir, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, según nos enseñan entre suma y suma. Así, el ciclo vital de una persona, de cada uno de nosotros, se cumple desde el nacimiento hasta la muerte; no obstante, si algo nos caracteriza con respecto a otros seres vivientes es que, además de la memoria genética (y quizá la transferencia de información cultural de la memética), compartimos una memoria histórica colectiva que nos permite recordar a otros humanos que nacieron, crecieron, tal vez se reprodujeron y murieron antes que nosotros. Sobre todo aquellos que fueron simplemente excepcionales. Gracias a este registro de excepcionalidades y para evitar que caigan en la vulgaridad del olvido, tenemos esa maravillosa invención llamada «centenario».

Los centenarios siempre me producen escalofríos, porque cien años está justamente en el límite de lo que puede llegar a medir la vida de un ser humano y, precisamente por eso, resultan más estremecedores que ninguna otra conmemoración. Pensar que hace tan sólo un siglo artistas como Picasso, Schiele, Munch, Kirchner o los «jinetes azules» se paseaban por los nuevos bulevares europeos y hacían su revolución me estremece desde el meñique hasta la raíz del pelo. Sus retratos, sus fotografías, sus escritos, su legado artístico... todo ello nos habla de una época en la que los esfuerzos se concentraban en buscar otras formas de ver y representar la realidad; formas independientes e innovadoras que a su vez han conformado el mundo en el que, un centenar de años más tarde, vivimos.

 


Ernst Ludwig Kirchner, Una artista (Marcella), 1910.
Óleo sobre lienzo, 101 x 76 cm.
Brücke-Museum, Berlín.


 


Pablo Picasso, Le Gourmet, 1901.
Óleo sobre lienzo, 92,8 x 68,3 cm.
National Gallery of Art, Washington D.C.


 

En 1912, Colonia acogió la que con toda probabilidad fue la muestra de arte moderno más importante hasta la fecha: la exposición Sonderbund. Los privilegiados asistentes pudieron contemplar la friolera de 577 lienzos y 57 esculturas de los representantes de las vanguardias artísticas europeas, desde el posimpresionismo al expresionismo alemán, el cubismo o los orígenes del arte abstracto. Las imágenes de las salas repletas de obras que ahora se encuentran desperdigadas por el mundo son realmente abrumadoras. Con el mismo espíritu, el Wallraf-Richartz Museum lleva años trabajando en la retrospectiva «1912 - Mission Moderne» que reconstruye los objetivos y las prioridades de la exposición original con ocasión de su centenario. Hasta el 30 de diciembre de este año, tienes la oportunidad de disfrutar de más de cien de las obras que se expusieron en 1912: apenas una degustación, pero suficientes para saborear la perturbación que aquellos artistas ocasionaron sobre las sensibilidades estéticas del siglo XIX.

Si no puedes aceptar esta invitación al trastorno y a la reflexión por cualquier motivo, lo mínimo que deberías hacer, como ser que nace y crece y que, en tanto se plantea si debería reproducirse o no, puede sacar provecho del patrimonio cultural, es dejarte conmover por las obras de Cézanne, Gauguin, Kirchner, Munch, Picasso, Schiele y van Gogh, aunque sea en formato digital.

 

Tuesday, September 25, 2012

Almuerzo sobre la hierba y ratones en la despensa

Con el afán de presentar sus colecciones al público de una forma diferente, el Nationalmuseum ha organizado una exposición sobre la Francia del siglo XIX y la vida moderna que surgió en ese convulso siglo, concretamente en el período comprendido entre la Revolución Francesa y el estallido de la primera guerra mundial.

Por algún motivo, lo primero que se me viene a la mente a la hora de hablar sobre este tema es la conocidísima fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. De forma resumida, con plena consciencia de que existen infinitas y sutiles variaciones, cuenta la historia de un ratón de ciudad que invita a un ratón de campo a participar de las exquisitas golosinas de su despensa urbanita, pero su festín es trágicamente interrumpido y el ratón de campo pone pies en polvorosa hacia su adorada campiña convencido de que ningún manjar es lo suficientemente delicado como para exponerse a los peligros de la ciudad.

¿Y qué relación puede guardar una fábula de la Antigüedad clásica con Francia y con la época de las guerras napoleónicas, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, los viajeros del grand tour, la industrialización, la primera proyección de los hermanos Lumière, la expansión del ferrocarril, los Salones, las Exposiciones Universales, las renovaciones artísticas y las revueltas de la recién constituida clase obrera? Pues bien, en primer lugar, en mi cabeza esos dos ratones son evidentemente franceses. No sé si será por el queso, pero Francia tiene algo (o mucho) de ratona; además, no puedo sino imaginarme al pobre ratón rural extasiado ante un despliegue de Comté, de compota de higos, de marrons glacés, de macarons, de milhojas, de magdalenas o de petisús salidos del horno del mismísimo Carême, cocinero de los reyes. En segundo lugar, el siglo XIX se caracterizó por las grandes migraciones del campo a la ciudad. Es el siglo en el que París se convierte en la ciudad por excelencia, donde la burguesía es la clase dominante, que pasea por las grandes avenidas y los bulevares, se entretiene en los grandes almacenes, va a la Ópera de Garnier o a los espectáculos de cancán, toma el metro o se reúne en los café-concerts más populares. (También fue una época marcada por epidemias devastadoras, como la del cólera, y los roedores se cuentan entre los transmisores de esta enfermedad, aunque esto le da un tinte algo macabro a la narración).

Los burgueses decimonónicos y las escenas cotidianas de su vida moderna nos resultan extremadamente familiares gracias al legado de los innovadores artistas que ejercieron de observadores e intérpretes de una era: los románticos, los realistas, los pintores paisajistas y los impresionistas. Gracias a ellos, la vida cotidiana se convirtió en el tema pictórico por excelencia y se desecharon los ideales academicistas por motivos más dramáticos que, en ocasiones, fueron objeto de burlas y suscitaron una verdadera conmoción. Un ejemplo es este Almuerzo sobre la hierba de Manet, que se exhibió por primera vez en el «Salon des Refusés» (Salón de los rechazados) autorizado por el emperador Napoleón III en 1863.

 


Edouard Manet, Almuerzo sobre la hierba, 1863.
Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

Aunque Manet se inspiró en obras clásicas, los personajes son indudablemente modernos y los bruscos contrastes entre las luces y las sombras, así como la falta de perspectiva y de profundidad, suponen una ruptura con los convencionalismos técnicos. El artista trata simplemente de reflejar lo que su ojo ve, con sus limitaciones, y nos presenta una escena bucólica de belleza, tranquilidad y recreo. La bulliciosa modernidad del siglo XIX también supuso un resurgimiento del tema horaciano del Beatus Ille, la descansada vida alejada del mundanal ruido que alabó fray Luis de León. En definitiva, la misma cuestión vital que expone el ratón de campo, que estimó su grama y su abrojo «mucho más de allí adelante».

Hasta el 1 de enero del próximo año podrás explorar el siglo XIX tal como lo reflejaron los pintores, fotógrafos y escultores de la vida moderna. Y para abrir boca, deléitate con las «escandalosas» visiones de los artistas impresionistas que se recogen en esta obra de Nathalia Brodskaya.

 

Tuesday, September 11, 2012

Caillebotte, un impresionista con calidad fotográfica

Gustave Caillebotte falleció demasiado joven. Su vida transcurrió entre 1848 y 1894, en esa convulsa época de transformaciones, conflictos y replanteamientos que fue el siglo XIX. Estudió derecho, pero rechazó su formación como jurista para dedicarse a retratar la vida moderna francesa y a pintar sensaciones junto a los pioneros del arte impresionista. La herencia que recibió tras el fallecimiento de su padre le permitió convertirse en el gran mecenas de Degas, Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne y Sisley, entre otros, cuyas obras legó al Estado francés. Como muchos de sus amigos impresionistas, abandonó la despiadada ciudad para retirarse al barrio de Petit Gennevilliers, a orillas del Sena, donde cultivó un bello jardín, se refugió en la naturaleza y practicó el remo con pasión.

De algún modo, su labor de mecenazgo ensombreció su propia carrera artística. Tal como afirma el personaje más pedante y estirado de la película Midnight in Paris, la declaración de amor de Woody Allen a la ciudad de la luz, es posible que Caillebotte sea el impresionista más subestimado de todos. Quizá la más conocida de sus obras sea Los acuchilladores de parqué, que formaba parte de la colección que el gobierno de Francia rehusó aceptar durante los tres largos años que duró la «affaire Caillebotte». Este cuadro también había sido rechazado por el jurado del Salón de 1875, ya que fue una de las primeras representaciones artísticas del proletariado, un tema a todas luces «vulgar».

 


Gustave Caillebotte, Los acuchilladores de parqué, 1875.
Óleo sobre lienzo, 102 x 146,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

La alineación de las tablas del parqué y el torso desnudo de los trabajadores son reveladores de su formación académica junto a Léon Bonnat, pero la elección del tema es radical y sigue la línea de los maestros realistas Millet y Courbet. No obstante, las pinturas de Caillebotte no articulan un discurso social, moralizador ni político como los obreros del campo y los campesinos de los anteriores; más bien al contrario, recrean una atmósfera de serenidad, una especie de descanso vital en medio de la agitación. Por otro lado, Caillebotte seleccionaba perspectivas arriesgadas y extrañas y sus encuadres no delimitaban escenas completas. Para la Schirn de Fráncfort del Meno este uso audaz de las técnicas de representación de la profundidad convierte a Caillebotte en un pionero del uso de los medios fotográficos que se pusieron en práctica en los años veinte y así nos lo presenta en la exposición «Gustave Caillebotte. Ein Impressionist und die Fotografie» (Gustave Caillebotte. Un impresionista y la fotografía) que se inaugurará el próximo 18 de octubre y estará abierta hasta el 20 de enero del próximo año.

La muestra incluye cincuenta cuadros y dibujos de Caillebotte y los compara con las instantáneas de fotógrafos contemporáneos y de los genios que revolucionaron el mundo de la fotografía y desecharon los convencionalismos, como André Kertész, László Moholy-Nagy, Alexander Rodchenko y Wols. Esta es precisamente la faceta más rompedora de Caillebotte: su significativa relación con la formación de nuevas visiones. Sus obras no sólo son un registro de lo que vieron sus ojos, sino que enseñan al espectador a mirar con ellos.

Henri Cartier-Bresson, el padre del periodismo fotográfico moderno, afirmó que «sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición, y una vez que han desaparecido, no hay forma humana de hacerlas volver». Y así es, las fotografías, como los cuadros, nos permiten acceder a realidades que ya no existen, a fragmentos de la realidad que nunca volverán, a las vidas de quienes veían y quienes fueron vistos. Quien tenga alma de burgués parisino decimonónico y espere que tres hombres descamisados vengan a acuchillarle el parqué, puede esperar sentado... o puede hacerse con un ejemplar de este libro de Nathalia Brodskaya para regodearse en la vida moderna del siglo XIX a través de los ojos de los grandes impresionistas.

 

Monday, September 10, 2012

Serov, el impresionista revolucionario

Últimamente hemos oído mucho el nombre de Serov, refiriéndose desde al ciclista olímpico a la pequeña ciudad rusa de la que desapareció un avión el mes pasado. También de Rusia, con el caso de las Pussy Riot y su presidente dedicándose a liderar una bandada de cigüeñas. Pero el Serov que nos interesa, ruso, como se puede deducir del nombre, vivió a caballo entre los siglos XIX y XX.

Valentín Serov (no confundir con Vladimir Aleksandrovich Serov, pintor de la Revolución rusa), conocido por ser el mejor retratista ruso de todos los tiempos, nació en una familia de artistas (sus padres eran compositores famosos) y gracias a sus contactos tuvo como profesores a Iliá Repin y a Pavel Chistiakov. Si bien tener a estos maestros como tutores le ayudó a desarrollarse de manera espectacular en poco tiempo, también coartaron su creatividad imponiéndole el estilo realista y sistemas pedagógicos muy estrictos.


Niña con melocotones, 1887.
Óleo sobre lienzo, 31 x 85 cm.
Galería Estatal Tretiakov, Moscú.


Como miembro de la clase acomodada, disfrutó del acceso y la cercanía de los grandes personajes de su época, a los que retrató con su estilo impresionista (aunque hay quien dice que hablar de impresionismo ruso es como decir que Leonardo Dantés es cantante). De todos modos, como buen alumno de Repin, cuando las cosas se pusieron feas no tuvo dudas de a quién apoyar y así, en 1905, abandonó la Academia Imperial de Bellas Artes como protesta por el Domingo sangriento.


Los soldados, los soldados, héroes. Todos y cada uno, 1905.
Témpera y carboncillo sobre cartón, 47,5 x 71,5 cm.
Galería Estatal Tretiakov, Moscú.


Como su maestro, no llegó a vivir en la URSS, ni siquiera a ver la Revolución, ya que murió en 1911, pero seguramente también hubiera acabado en un gulag en Siberia. Si quieres saber más sobre la vida y obra de este genial pintor, te puedes llevar a casa este completo estudio magníficamente ilustrado de Dmitri V. Sarabiano.

 

Thursday, July 5, 2012

Y nosotros bailamos

Glorias deportivas aparte, tenemos poco que celebrar en estos tiempos en los que términos como «prima de riesgo», «rescate», «crisis de deuda» y «medidas de austeridad» retumban en nuestros oídos a diario. La situación del desempleo en el mundo se ha vuelto alarmante; casi mil millones de personas padecen hambre y desnutrición; las ventas y las inversiones de Coca-Cola en la India aumentan de forma pronunciada mientras unos 200 millones de indios no disponen de acceso a agua potable; Irán persiste en sus amenazas a Israel; Siria y Turquía movilizan aviones de guerra; los grandes centros comerciales, los automóviles de lujo y los pomposos rascacielos proliferan en países donde la pobreza es un mal endémico; China planea invertir en el turismo de élite en el sureste del Tíbet mientras se suceden las inmolaciones de activistas tibetanos; los bosques de la Comunidad Valenciana se desintegran bajo las llamas, y las esperanzas de acuerdo se desvanecen para los mineros asturianos, aragoneses y leoneses. «El mundo se derrumba», sí señor.

Ni siquiera un solaz como el cine se salva en estos momentos. Este año los Cines Renoir de Zaragoza, de Les Corts, en Barcelona, y de Palma de Mallorca han echado el cierre por falta de negocio. Bastión del cine independiente en versión original, el nombre de estas salas rinde homenaje al cineasta, guionista y actor francés Jean Renoir, cuya obra se inclina hacia la comprensión de las razones que todos tienen en este mundo. ¿Y qué podemos hacer nosotros? «Nosotros nos enamoramos» podría responder algún lector cinéfilo.

Y tendría razón, en tiempos de profunda decepción e incertidumbre, solo el amor nos puede ayudar a no perder la esperanza. No en vano, el amor al cine es lo que ha llevado a un grupo de 900 personas a movilizarse para salvar el Renoir mallorquín, que pronto volverá a abrir sus puertas con el nombre de Cine Ciutat. Al parecer, obtuvieron la idea de unos vecinos de un barrio de Boston que hicieron algo parecido, inspirados quizá por los colonos que se amotinaron en 1773.

Afortunadamente, no faltan ejemplos como este de lo que se puede conseguir con la motivación y el empeño adecuados. Si bien es necesario ser consciente de la terrible realidad del mundo, también es necesario ver la vida con optimismo. Y esto es lo que se ha propuesto el Museum of Fine Arts (aquí están de nuevo los bostonianos en acción) con su exposición Dancing with Renoir, que reúne por primera vez desde 1985 la trilogía de parejas de baile del genial Pierre-Auguste Renoir.


Obras (de izquierda a derecha):
Pierre-Auguste Renoir, Baile en la ciudad, 1883. Óleo sobre lienzo, 180 x 90 cm.
Musée d’Orsay, París.
Pierre-Auguste Renoir, Baile en el campo, 1883. Óleo sobre lienzo, 180 x 90 cm.
Musée d’Orsay, París.
Pierre-Auguste Renoir, Baile en Bougival, 1883. Óleo sobre lienzo, 181,9 x 98,1 cm.
Museum of Fine Arts, Boston.


Hasta el 3 de septiembre, la galería impresionista se convierte en un salón de baile en el que hasta los más pétreos corazones se reblandecerán con el candor de las mejillas sonrosadas, con los gráciles pasos de baile reflejados en el movimiento de los vestidos y con una sensualidad latente. Las parejas son testigos felices de una época de estabilidad y despreocupación, que Renoir traduce al idioma impresionista con pinceladas rápidas y fragmentadas y con colores vivos que ponen de relieve el escenario de cada baile (París y dos pequeños cafés al aire libre).

No desaproveches la ocasión de darte un baño de optimismo frente al devenir de la vida y baila al son de una época más propicia y luminosa en Boston o a través de las páginas (electrónicas o en papel) de  Renoir y Renoir. Al fin y al cabo, necesitamos el amor para movernos al compás de otros. «El mundo se desmorona y nosotros...». Y nosotros bailamos.

Monday, July 2, 2012

Turner, Monet y Twombly: Un trío extraño

¿Qué pueden tener en común un romántico inglés, un impresionista francés y un simbolista estadounidense? Esto es lo que se nos plantea en la exposición de la Tate de Liverpool llamada «Turner Monet Twombly: Later Paintings». Sinceramente yo aún estoy tratando de averiguarlo.

Haciendo un recuento de la carrera artística de cada uno, queda bastante claro que sus obras tienen poco, si no nada, que ver unas con otras, lo que te hace preguntarte cómo diantres se le ha podido ocurrir a nadie agruparlos en una exposición. Sin embargo, si nos centramos en los últimos, digamos 20, años de sus vidas, supongo que podría decirse que la obra de Turner fue transformándose en un incipiente impresionismo (ya fuera esa su intención o no), y la de Twombly, especialmente Blooming (de Floración), profundiza en el interés de este movimiento por la naturaleza, que era precisamente el tema más apreciado por Monet.

Pongamos como ejemplo estos dos cuadros. Supongo que, mirándolos con los ojos entornados y bizqueando, alguien podría encontrar el parecido entre el río San Luca de Turner (izquierda) y el San Giorgio de Monet (derecha).




Claude Monet, San Giorgio Maggiore, 1908.
Óleo sobre lienzo, 59,2 x 81,2 cm.
National Museum Wales, Cardiff.


Y quizá, forzando un poco más la vista, se puedan encontrar las similitudes con la colección Estaciones, de Twombly:


Cy Twombly, Cuatro estaciones: Invierno, 1993-1994.
Acrílico, óleo y lapicero sobre lienzo, 322,9 x 230 cm.
The Tate Gallery, Londres.


Personalmente, creo que Twombly debería considerarse afortunado por formar parte de este peculiar grupo junto a estos dos grandes maestros, mientras que Monet y Turner deberían preguntarse cómo ha ocurrido y, quizá, interponer una demanda por calumnias. ¿Qué crees?

Compara y contrasta las obras de estos prolíficos artistas en la exposición de la Tate de Liverpool Turner Monet Twombly: Later Paintings hasta el 28 de octubre de 2012. También puedes admirar los cuadros de Monet y Turner en casa, con estos libros de su vida y obras maravillosamente ilustrados, Turner y Monet.