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Tuesday, October 9, 2012

Entre naturalismo e impresionismo: Caillebotte

Debo admitir que cuando, hace no mucho, mi jefe me nombró a Caillebotte, no sabía de quién me estaba hablando, mucho menos su nacionalidad o el movimiento estético al que pertenecía (y no digamos cómo escribirlo). Pero Google existe por una razón, así que hice una búsqueda y me quedé sorprendida al ver que, aunque no conocía el nombre del artista, las imágenes me eran muy familiares. Y es que con Caillebotte pasa como con las canciones clásicas, que todo el mundo las conoce pero poca gente es capaz de decir el intérprete/autor.

Este acaudalado impresionista tuvo parte de culpa del éxito de sus compañeros y luego cayó en el olvido (¿quizá por su toque naturalista?). Y digo que tuvo culpa porque se convirtió en su mecenas, además de amigo y colaborador, y no contento con eso, a su muerte donó su colección al Estado.


Calle de París, día lluvioso, 1877.
Óleo sobre lienzo, 212,2 x 276,2 cm.
Art Institute, Chicago.


Es precisamente esta mezcla de impresionismo y naturalismo lo que, a mi parecer, lo hace interesante y le da ese aspecto de fotografía a sus obras. Eso, además de los temas elegidos, claro, ya que como buen impresionista se dedicó a retratar el París urbano, pero lo hizo con un aire más del siglo XX que del XIX (hay quien afirma que le recuerda a Hopper, y no me parece una comparación desacertada).

La exposición «Gustave Caillebotte. An Impressionist and Photography» del Schirn Kunsthalle de Fráncfort del Meno hace especial hincapié en este aspecto fotográfico; tanto que expone, junto a las obras de Caillebotte, fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX. Si tienes un rato, puedes acercarte y maravillarte con la obra de este no tan conocido pintor. O si lo prefieres, puedes hacerte con este libro de Nathalia Brodskaya.

Tuesday, September 25, 2012

Almuerzo sobre la hierba y ratones en la despensa

Con el afán de presentar sus colecciones al público de una forma diferente, el Nationalmuseum ha organizado una exposición sobre la Francia del siglo XIX y la vida moderna que surgió en ese convulso siglo, concretamente en el período comprendido entre la Revolución Francesa y el estallido de la primera guerra mundial.

Por algún motivo, lo primero que se me viene a la mente a la hora de hablar sobre este tema es la conocidísima fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. De forma resumida, con plena consciencia de que existen infinitas y sutiles variaciones, cuenta la historia de un ratón de ciudad que invita a un ratón de campo a participar de las exquisitas golosinas de su despensa urbanita, pero su festín es trágicamente interrumpido y el ratón de campo pone pies en polvorosa hacia su adorada campiña convencido de que ningún manjar es lo suficientemente delicado como para exponerse a los peligros de la ciudad.

¿Y qué relación puede guardar una fábula de la Antigüedad clásica con Francia y con la época de las guerras napoleónicas, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, los viajeros del grand tour, la industrialización, la primera proyección de los hermanos Lumière, la expansión del ferrocarril, los Salones, las Exposiciones Universales, las renovaciones artísticas y las revueltas de la recién constituida clase obrera? Pues bien, en primer lugar, en mi cabeza esos dos ratones son evidentemente franceses. No sé si será por el queso, pero Francia tiene algo (o mucho) de ratona; además, no puedo sino imaginarme al pobre ratón rural extasiado ante un despliegue de Comté, de compota de higos, de marrons glacés, de macarons, de milhojas, de magdalenas o de petisús salidos del horno del mismísimo Carême, cocinero de los reyes. En segundo lugar, el siglo XIX se caracterizó por las grandes migraciones del campo a la ciudad. Es el siglo en el que París se convierte en la ciudad por excelencia, donde la burguesía es la clase dominante, que pasea por las grandes avenidas y los bulevares, se entretiene en los grandes almacenes, va a la Ópera de Garnier o a los espectáculos de cancán, toma el metro o se reúne en los café-concerts más populares. (También fue una época marcada por epidemias devastadoras, como la del cólera, y los roedores se cuentan entre los transmisores de esta enfermedad, aunque esto le da un tinte algo macabro a la narración).

Los burgueses decimonónicos y las escenas cotidianas de su vida moderna nos resultan extremadamente familiares gracias al legado de los innovadores artistas que ejercieron de observadores e intérpretes de una era: los románticos, los realistas, los pintores paisajistas y los impresionistas. Gracias a ellos, la vida cotidiana se convirtió en el tema pictórico por excelencia y se desecharon los ideales academicistas por motivos más dramáticos que, en ocasiones, fueron objeto de burlas y suscitaron una verdadera conmoción. Un ejemplo es este Almuerzo sobre la hierba de Manet, que se exhibió por primera vez en el «Salon des Refusés» (Salón de los rechazados) autorizado por el emperador Napoleón III en 1863.

 


Edouard Manet, Almuerzo sobre la hierba, 1863.
Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

Aunque Manet se inspiró en obras clásicas, los personajes son indudablemente modernos y los bruscos contrastes entre las luces y las sombras, así como la falta de perspectiva y de profundidad, suponen una ruptura con los convencionalismos técnicos. El artista trata simplemente de reflejar lo que su ojo ve, con sus limitaciones, y nos presenta una escena bucólica de belleza, tranquilidad y recreo. La bulliciosa modernidad del siglo XIX también supuso un resurgimiento del tema horaciano del Beatus Ille, la descansada vida alejada del mundanal ruido que alabó fray Luis de León. En definitiva, la misma cuestión vital que expone el ratón de campo, que estimó su grama y su abrojo «mucho más de allí adelante».

Hasta el 1 de enero del próximo año podrás explorar el siglo XIX tal como lo reflejaron los pintores, fotógrafos y escultores de la vida moderna. Y para abrir boca, deléitate con las «escandalosas» visiones de los artistas impresionistas que se recogen en esta obra de Nathalia Brodskaya.

 

Tuesday, September 11, 2012

Caillebotte, un impresionista con calidad fotográfica

Gustave Caillebotte falleció demasiado joven. Su vida transcurrió entre 1848 y 1894, en esa convulsa época de transformaciones, conflictos y replanteamientos que fue el siglo XIX. Estudió derecho, pero rechazó su formación como jurista para dedicarse a retratar la vida moderna francesa y a pintar sensaciones junto a los pioneros del arte impresionista. La herencia que recibió tras el fallecimiento de su padre le permitió convertirse en el gran mecenas de Degas, Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne y Sisley, entre otros, cuyas obras legó al Estado francés. Como muchos de sus amigos impresionistas, abandonó la despiadada ciudad para retirarse al barrio de Petit Gennevilliers, a orillas del Sena, donde cultivó un bello jardín, se refugió en la naturaleza y practicó el remo con pasión.

De algún modo, su labor de mecenazgo ensombreció su propia carrera artística. Tal como afirma el personaje más pedante y estirado de la película Midnight in Paris, la declaración de amor de Woody Allen a la ciudad de la luz, es posible que Caillebotte sea el impresionista más subestimado de todos. Quizá la más conocida de sus obras sea Los acuchilladores de parqué, que formaba parte de la colección que el gobierno de Francia rehusó aceptar durante los tres largos años que duró la «affaire Caillebotte». Este cuadro también había sido rechazado por el jurado del Salón de 1875, ya que fue una de las primeras representaciones artísticas del proletariado, un tema a todas luces «vulgar».

 


Gustave Caillebotte, Los acuchilladores de parqué, 1875.
Óleo sobre lienzo, 102 x 146,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

La alineación de las tablas del parqué y el torso desnudo de los trabajadores son reveladores de su formación académica junto a Léon Bonnat, pero la elección del tema es radical y sigue la línea de los maestros realistas Millet y Courbet. No obstante, las pinturas de Caillebotte no articulan un discurso social, moralizador ni político como los obreros del campo y los campesinos de los anteriores; más bien al contrario, recrean una atmósfera de serenidad, una especie de descanso vital en medio de la agitación. Por otro lado, Caillebotte seleccionaba perspectivas arriesgadas y extrañas y sus encuadres no delimitaban escenas completas. Para la Schirn de Fráncfort del Meno este uso audaz de las técnicas de representación de la profundidad convierte a Caillebotte en un pionero del uso de los medios fotográficos que se pusieron en práctica en los años veinte y así nos lo presenta en la exposición «Gustave Caillebotte. Ein Impressionist und die Fotografie» (Gustave Caillebotte. Un impresionista y la fotografía) que se inaugurará el próximo 18 de octubre y estará abierta hasta el 20 de enero del próximo año.

La muestra incluye cincuenta cuadros y dibujos de Caillebotte y los compara con las instantáneas de fotógrafos contemporáneos y de los genios que revolucionaron el mundo de la fotografía y desecharon los convencionalismos, como André Kertész, László Moholy-Nagy, Alexander Rodchenko y Wols. Esta es precisamente la faceta más rompedora de Caillebotte: su significativa relación con la formación de nuevas visiones. Sus obras no sólo son un registro de lo que vieron sus ojos, sino que enseñan al espectador a mirar con ellos.

Henri Cartier-Bresson, el padre del periodismo fotográfico moderno, afirmó que «sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición, y una vez que han desaparecido, no hay forma humana de hacerlas volver». Y así es, las fotografías, como los cuadros, nos permiten acceder a realidades que ya no existen, a fragmentos de la realidad que nunca volverán, a las vidas de quienes veían y quienes fueron vistos. Quien tenga alma de burgués parisino decimonónico y espere que tres hombres descamisados vengan a acuchillarle el parqué, puede esperar sentado... o puede hacerse con un ejemplar de este libro de Nathalia Brodskaya para regodearse en la vida moderna del siglo XIX a través de los ojos de los grandes impresionistas.