Showing posts with label siglo XIX. Show all posts
Showing posts with label siglo XIX. Show all posts

Tuesday, March 12, 2013

Señoritas de pro

«Tienes ya edad, Jo, de dejar trucos de muchachos y conducirte mejor». Esto le decía la mayor de las hermanas March a Josephine, caracterizada por su aire masculino y su fuerte carácter. Mujercitas, el clásico de Louisa May Alcott que narra la evolución personal de cuatro jóvenes en los años de la Guerra de Secesión estadounidense, fue sin duda una revolución en la literatura estadounidense del siglo XIX y una de las lecturas favoritas de muchas niñas –y no tantos niños– de todo el mundo, incluidas la que escribe y Rachel, de Friends.

Ahora bien, ¿en qué sentido fue transgresora esta novela para niñas —por desafortunada y «decimonónica» que resulte esta clasificación—? Pese a que en el siglo XIX se desechara la idea de que la infancia era una etapa maleable e insignificante de la vida imperante en el siglo anterior, ésta fue sustituida por una concepción virginal de las niñas a comienzos del nuevo siglo. Las niñas no debían ser otra cosa que inocentes angelitos, preocupadas por la moda, la higiene y los quehaceres domésticos. «Niñas antiguas» vestidas de blanco, con pololos y puntillas, enaguas y fajas de raso en tonos pastel, como la pequeña Fanny Travis Cochran retratada magistralmente por Cecilia Beaux.

Image

Cecilia Beaux, Fanny Travis Cochran, 1887.
Óleo sobre lienzo, 91,4 x 74,1 cm.
Donación de Fanny Travis Cochran
Pennsylvania Academy of Fine Arts 1955.12, Filadelfia, Pensilvania.


En contraste con esta imagen, Jo March encarna las transformaciones que se operaron en la percepción de la niñez a lo largo del siglo: una niña podía ser algo más que una futura señorita; podía ser creativa, independiente y decidida, anhelar la libertad de los chicos y tener ambición.

Esto bien lo saben los organizadores de la exposición itinerante «Angels and Tomboys – Girlhood in Nineteenth-Centurty American Art», que explora el papel de las niñas y adolescentes en la pintura, la escultura, los grabados, la fotografía y la literatura estadounidenses en el siglo XIX. Pone de manifiesto que, además de niñas angelicales sumisas e insustanciales, también existían niñas desgarbadas que se comportaban como chicos, niñas que habrían preferido combatir en una guerra que destruyó hogares en lugar de quedarse en casa haciendo calceta, niñas obligadas a trabajar y adolescentes que debían hacerse mujeres muy a su pesar.

Image

Abbott Handerson Thayer, Ángel, 1887.
Óleo sobre lienzo; 92 x 71,5 cm.
1929.6.112.
Donación de John Gellatly.
Smithsonian American Art Museum, Washington D. C.


Abbott Handerson Thayer pintó una alegoría de su hija como un ángel custodio que brindara salud a su mujer, hospitalizada por «histeria». No obstante, el rostro del ángel, como el de Fanny Travis Cochran, tiene un aire reflexivo y de introspección que parece expresar su inconformidad ante la extendida práctica de internar a cualquier mujer insatisfecha.

Ésta y otras criaturas angelicales estarán expuestas en el Memphis Brooks Museum of Art hasta el 12 de mayo de este año. No obstante, si te faltan las alas para viajar hasta allí, puedes consolarte con algunas de las más bellas representaciones de sus portadores divinos recogidas en Ángeles de Klaus Carl.

Monday, October 22, 2012

Impresionismo y la moda

Ahora que están tan de moda los blogs de estilismo y las egobloggers son las nuevas estrellas de la red, no está de más recordar que ellas no son las primeras ni las últimas en interesarse por la moda ni retratar el estilismo contemporáneo.

Haciendo un trabajo a medio camino entre los paparazzis y los cazadores de tendencias, los impresionistas, en su afán por retratar la vida urbana de la época, se convirtieron en pintores de la moda (que no de moda, la mayoría del público los denostaba). Desde los bailes de Renoir a las noches de ópera de Mary Cassat, podemos encontrar en sus cuadros a la gente «in» del París del Moulin Rouge y sus distintos modelitos de día y noche. ¿Os recuerda a algo?


Mary Cassatt, Lidia en el teatro, , c. 1879.
Pastel, 53,3 x 43,2 cm.
The Nelson-Atkins Museum of Art , Kansas City, Missouri.



Mary Cassatt, Mujer con collar de perlas en un palco, 1879.
Óleo sobre lienzo, 81,3 x 59,7 cm.
Philadelphia Museum of Art, Filadelfia


Y es que el ansia de retratar la vida cotidiana segundo a segundo nació mucho antes de que se inventaran los móviles con cámara (sí, esos que te bajas un programa y ya te crees que eres fotógrafo profesional). Visto el éxito y la estima en que ahora tenemos a estos reformadores de la pintura, ¿sería posible que en un par de siglos que viene se expusieran en los museos esas fotos que tanto nos molestan ahora en las redes sociales? (desde aquí quiero hacer un llamamiento: sí, es posible comer sin hacerle una foto al plato, ¡no todo el mundo quiere ver el aspecto de tu comida por más que el restaurante tenga estrellas Michelín! Fotos gastronómicas en revistas gastronómicas. Gracias.) Por nuestro bien, espero que no y que recuperemos el sentido común en algún momento.


Pierre August Renoir, Baile en el Moulin de la Galette, 1876.
Óleo sobre lienzo, 131 x 175 cm.
Musée d’Orsay, París.


Si te interesan estos «pioneros» del papel couché, o la vida y moda del París del XIX, acércate a «L’impressionisme et la mode», en el Musée d’Orsay del 25 de septiembre de 2012 al 20 de enero de 2013 o, si prefieres disfrutar a tu aire del encanto y la elegancia del siglo XIX, llévate a casa el estudio de Nathalia Brodskaya sobre el Impresionismo en forma de ebook.

Tuesday, October 9, 2012

Entre naturalismo e impresionismo: Caillebotte

Debo admitir que cuando, hace no mucho, mi jefe me nombró a Caillebotte, no sabía de quién me estaba hablando, mucho menos su nacionalidad o el movimiento estético al que pertenecía (y no digamos cómo escribirlo). Pero Google existe por una razón, así que hice una búsqueda y me quedé sorprendida al ver que, aunque no conocía el nombre del artista, las imágenes me eran muy familiares. Y es que con Caillebotte pasa como con las canciones clásicas, que todo el mundo las conoce pero poca gente es capaz de decir el intérprete/autor.

Este acaudalado impresionista tuvo parte de culpa del éxito de sus compañeros y luego cayó en el olvido (¿quizá por su toque naturalista?). Y digo que tuvo culpa porque se convirtió en su mecenas, además de amigo y colaborador, y no contento con eso, a su muerte donó su colección al Estado.


Calle de París, día lluvioso, 1877.
Óleo sobre lienzo, 212,2 x 276,2 cm.
Art Institute, Chicago.


Es precisamente esta mezcla de impresionismo y naturalismo lo que, a mi parecer, lo hace interesante y le da ese aspecto de fotografía a sus obras. Eso, además de los temas elegidos, claro, ya que como buen impresionista se dedicó a retratar el París urbano, pero lo hizo con un aire más del siglo XX que del XIX (hay quien afirma que le recuerda a Hopper, y no me parece una comparación desacertada).

La exposición «Gustave Caillebotte. An Impressionist and Photography» del Schirn Kunsthalle de Fráncfort del Meno hace especial hincapié en este aspecto fotográfico; tanto que expone, junto a las obras de Caillebotte, fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX. Si tienes un rato, puedes acercarte y maravillarte con la obra de este no tan conocido pintor. O si lo prefieres, puedes hacerte con este libro de Nathalia Brodskaya.

Tuesday, September 25, 2012

Almuerzo sobre la hierba y ratones en la despensa

Con el afán de presentar sus colecciones al público de una forma diferente, el Nationalmuseum ha organizado una exposición sobre la Francia del siglo XIX y la vida moderna que surgió en ese convulso siglo, concretamente en el período comprendido entre la Revolución Francesa y el estallido de la primera guerra mundial.

Por algún motivo, lo primero que se me viene a la mente a la hora de hablar sobre este tema es la conocidísima fábula del ratón de campo y el ratón de ciudad. De forma resumida, con plena consciencia de que existen infinitas y sutiles variaciones, cuenta la historia de un ratón de ciudad que invita a un ratón de campo a participar de las exquisitas golosinas de su despensa urbanita, pero su festín es trágicamente interrumpido y el ratón de campo pone pies en polvorosa hacia su adorada campiña convencido de que ningún manjar es lo suficientemente delicado como para exponerse a los peligros de la ciudad.

¿Y qué relación puede guardar una fábula de la Antigüedad clásica con Francia y con la época de las guerras napoleónicas, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, los viajeros del grand tour, la industrialización, la primera proyección de los hermanos Lumière, la expansión del ferrocarril, los Salones, las Exposiciones Universales, las renovaciones artísticas y las revueltas de la recién constituida clase obrera? Pues bien, en primer lugar, en mi cabeza esos dos ratones son evidentemente franceses. No sé si será por el queso, pero Francia tiene algo (o mucho) de ratona; además, no puedo sino imaginarme al pobre ratón rural extasiado ante un despliegue de Comté, de compota de higos, de marrons glacés, de macarons, de milhojas, de magdalenas o de petisús salidos del horno del mismísimo Carême, cocinero de los reyes. En segundo lugar, el siglo XIX se caracterizó por las grandes migraciones del campo a la ciudad. Es el siglo en el que París se convierte en la ciudad por excelencia, donde la burguesía es la clase dominante, que pasea por las grandes avenidas y los bulevares, se entretiene en los grandes almacenes, va a la Ópera de Garnier o a los espectáculos de cancán, toma el metro o se reúne en los café-concerts más populares. (También fue una época marcada por epidemias devastadoras, como la del cólera, y los roedores se cuentan entre los transmisores de esta enfermedad, aunque esto le da un tinte algo macabro a la narración).

Los burgueses decimonónicos y las escenas cotidianas de su vida moderna nos resultan extremadamente familiares gracias al legado de los innovadores artistas que ejercieron de observadores e intérpretes de una era: los románticos, los realistas, los pintores paisajistas y los impresionistas. Gracias a ellos, la vida cotidiana se convirtió en el tema pictórico por excelencia y se desecharon los ideales academicistas por motivos más dramáticos que, en ocasiones, fueron objeto de burlas y suscitaron una verdadera conmoción. Un ejemplo es este Almuerzo sobre la hierba de Manet, que se exhibió por primera vez en el «Salon des Refusés» (Salón de los rechazados) autorizado por el emperador Napoleón III en 1863.

 


Edouard Manet, Almuerzo sobre la hierba, 1863.
Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

Aunque Manet se inspiró en obras clásicas, los personajes son indudablemente modernos y los bruscos contrastes entre las luces y las sombras, así como la falta de perspectiva y de profundidad, suponen una ruptura con los convencionalismos técnicos. El artista trata simplemente de reflejar lo que su ojo ve, con sus limitaciones, y nos presenta una escena bucólica de belleza, tranquilidad y recreo. La bulliciosa modernidad del siglo XIX también supuso un resurgimiento del tema horaciano del Beatus Ille, la descansada vida alejada del mundanal ruido que alabó fray Luis de León. En definitiva, la misma cuestión vital que expone el ratón de campo, que estimó su grama y su abrojo «mucho más de allí adelante».

Hasta el 1 de enero del próximo año podrás explorar el siglo XIX tal como lo reflejaron los pintores, fotógrafos y escultores de la vida moderna. Y para abrir boca, deléitate con las «escandalosas» visiones de los artistas impresionistas que se recogen en esta obra de Nathalia Brodskaya.

 

Tuesday, September 11, 2012

Caillebotte, un impresionista con calidad fotográfica

Gustave Caillebotte falleció demasiado joven. Su vida transcurrió entre 1848 y 1894, en esa convulsa época de transformaciones, conflictos y replanteamientos que fue el siglo XIX. Estudió derecho, pero rechazó su formación como jurista para dedicarse a retratar la vida moderna francesa y a pintar sensaciones junto a los pioneros del arte impresionista. La herencia que recibió tras el fallecimiento de su padre le permitió convertirse en el gran mecenas de Degas, Manet, Renoir, Monet, Pissarro, Cézanne y Sisley, entre otros, cuyas obras legó al Estado francés. Como muchos de sus amigos impresionistas, abandonó la despiadada ciudad para retirarse al barrio de Petit Gennevilliers, a orillas del Sena, donde cultivó un bello jardín, se refugió en la naturaleza y practicó el remo con pasión.

De algún modo, su labor de mecenazgo ensombreció su propia carrera artística. Tal como afirma el personaje más pedante y estirado de la película Midnight in Paris, la declaración de amor de Woody Allen a la ciudad de la luz, es posible que Caillebotte sea el impresionista más subestimado de todos. Quizá la más conocida de sus obras sea Los acuchilladores de parqué, que formaba parte de la colección que el gobierno de Francia rehusó aceptar durante los tres largos años que duró la «affaire Caillebotte». Este cuadro también había sido rechazado por el jurado del Salón de 1875, ya que fue una de las primeras representaciones artísticas del proletariado, un tema a todas luces «vulgar».

 


Gustave Caillebotte, Los acuchilladores de parqué, 1875.
Óleo sobre lienzo, 102 x 146,5 cm.
Musée d’Orsay, París.


 

La alineación de las tablas del parqué y el torso desnudo de los trabajadores son reveladores de su formación académica junto a Léon Bonnat, pero la elección del tema es radical y sigue la línea de los maestros realistas Millet y Courbet. No obstante, las pinturas de Caillebotte no articulan un discurso social, moralizador ni político como los obreros del campo y los campesinos de los anteriores; más bien al contrario, recrean una atmósfera de serenidad, una especie de descanso vital en medio de la agitación. Por otro lado, Caillebotte seleccionaba perspectivas arriesgadas y extrañas y sus encuadres no delimitaban escenas completas. Para la Schirn de Fráncfort del Meno este uso audaz de las técnicas de representación de la profundidad convierte a Caillebotte en un pionero del uso de los medios fotográficos que se pusieron en práctica en los años veinte y así nos lo presenta en la exposición «Gustave Caillebotte. Ein Impressionist und die Fotografie» (Gustave Caillebotte. Un impresionista y la fotografía) que se inaugurará el próximo 18 de octubre y estará abierta hasta el 20 de enero del próximo año.

La muestra incluye cincuenta cuadros y dibujos de Caillebotte y los compara con las instantáneas de fotógrafos contemporáneos y de los genios que revolucionaron el mundo de la fotografía y desecharon los convencionalismos, como André Kertész, László Moholy-Nagy, Alexander Rodchenko y Wols. Esta es precisamente la faceta más rompedora de Caillebotte: su significativa relación con la formación de nuevas visiones. Sus obras no sólo son un registro de lo que vieron sus ojos, sino que enseñan al espectador a mirar con ellos.

Henri Cartier-Bresson, el padre del periodismo fotográfico moderno, afirmó que «sacamos fotos de cosas en constante proceso de desaparición, y una vez que han desaparecido, no hay forma humana de hacerlas volver». Y así es, las fotografías, como los cuadros, nos permiten acceder a realidades que ya no existen, a fragmentos de la realidad que nunca volverán, a las vidas de quienes veían y quienes fueron vistos. Quien tenga alma de burgués parisino decimonónico y espere que tres hombres descamisados vengan a acuchillarle el parqué, puede esperar sentado... o puede hacerse con un ejemplar de este libro de Nathalia Brodskaya para regodearse en la vida moderna del siglo XIX a través de los ojos de los grandes impresionistas.