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Friday, July 26, 2013

Art: I know It When I See It

Last year, Andres Serrano’s Piss Christ reignited the old “What is art?” discussion. Serrano shocked the art world in 1987 with a photograph of a crucifix submerged in a jar of his urine. He again sparked controversy in September 2012 when Piss Christ was featured at the Edward Tyler Nahem Gallery in New York. The photograph not only shocked the religious communities who were offended by the desecration of a holy symbol, Serrano’s work also forced even the most open-minded to ask, “Is this art?”


A quick Google search of the definition of art yields this: “The expression or application of human creative skill and imagination, typically in a visual form such as painting or sculpture.” I guess no one can argue that Serrano used his imagination to produce his work. But did he really apply creative skill? Admittedly, Piss Christ is creative, but skilled?

No. Absolutely not.


Maybe I am too quick to judge Serrano. And maybe he is ahead of his time, and we are (or at least I am) incapable of appreciating his talent. When Pablo Picasso first entered the art scene, many dismissed his work in the same fashion I dismiss Serrano.  Only after his death were people able to appreciate his creative genius.



Pablo Picasso, Seated Woman, 1941
Bayerische Staatsgemäldesammlungen, Sammlung Moderne Kunst in der Pinakothek der Moderne München
© Sucession Picasso / VG Bild-Kunst, Bonn 2013

 

Artists such as Degas and Monet, also, strayed away from the norm and subsequently endured a contemptuous reception.  In response, Degas, Monet, and other dismissed artists united to create a modern art. And today, we celebrate these artists for their innovativeness and herald their work as art.  

Edgar Degas, Woman ironing, c. 1869

Oil on canvas, 92.5 x 73.5 cm

© Bayerische Staatsgemäldesammlungen, Neue Pinakothek München


History continually shows us that we reject the new because we don’t understand it.  With time, the public grew to understand and appreciate the beauty found in the works of Picasso, Monet, and Degas among many others.

I’m probably reacting to Serrano the same way people from the 19th century reacted to Degas.  Half a century from now, Serrano’s Piss Christ might be considered the iconic work from our generation. But for the sake art and all that is beautiful, I pray that Piss Christ does not become the new standard of art. I can handle Picasso’s strange shapes and colors - I might not understand him, but I can admire him.  But Serrano? I highly doubt I’ll ever be able to look at that photograph of the little crucifix in a jar without grimacing. I don’t own the official rubber stamp for art, but I know art when I see it, and Piss Christ is not art. 


You can visit the NeuePinakothek’s ongoing exhibition entitled Changing Perspectives: Degas – Picasso | Gauguin– Nolde | Monet – Macke which will run until 31 August.  If you can’t make Munich, you can also explore works by modern artists such as: Edgar Degas, Claude Monet, Paul Gauguin, Vincent van Gogh.

Wednesday, April 17, 2013

Una acción discutible

Todo empezó una mañana del 8 de julio de 1853. El comodoro Matthew Calbraith Perry a bordo del USS Susquehanna llegó a las costas de Japón, al puerto de Edo (actual Tokio), con la intención de negociar un tratado comercial con EE.UU. Sus demandas eran la apertura de al menos un puerto al comercio extranjero y la seguridad de que las propiedades y pescadores americanos serían respetados. Al verse opuesto por una negativa amenazó con emplear la muy superior fuerza armamentística de que disponía. Ante semejante disparidad, los gobernantes japoneses no tuvieron otra opción que ceder. El tratado se firmó el 31 de marzo de 1854. Este singular evento tuvo drásticas consecuencias para la sociedad japonesa. Al principio, los shogunes, los daimyos y los samuráis ―comandantes en jefe, grandes lores y guerreros que ostentaban el poder real tras el emperador figurante― se resistieron e intentaron conservar el orden feudal existente. Se sucedieron años de numerosas refriegas hasta que en 1868, el que se conoce como el último samurái, Saigō Takamori, sucumbió a las fuerzas del general Tateki en una dura batalla que frustró todo futuro levantamiento al demostrar la superioridad de las armas modernas frente a la tradición.

Derrotados los samuráis y sus privilegios, comenzó una nueva era, conocida como la Restauración de Meiji. Esta supuso la apertura de Japón a occidente en forma de intercambios comerciales y culturales. Lo que siguió a esta apertura fue que el arte japonés se dio a conocer en Europa, principalmente en forma de impresiones xilográficas de los maestros del ukiyo-e ―nada que ver con electrónico, pues significa «imágenes del mundo flotante»― que pudieron verse por primera vez en la Exposición Universal de Londres en 1862, donde fueron una de las principales atracciones. Posteriormente, en la Exposición Universal de París de 1867, este arte se dio a conocer entre los artistas franceses quienes rápidamente lo absorbieron y se empezaron a servir de sus características para sus nuevas creaciones. Lo que les atraía de este nuevo arte eran sus figuras alargadas, las composiciones asimétricas, la perspectiva aérea, los espacios vacíos excepto por abstracciones de color y línea, y su interés por los singulares motivos decorativos. De esta manera, empezando por los impresionistas y llegando hasta los cubistas, muchos fueron los autores que se apoyaron en estos nuevos elementos para romper con las convenciones academicistas que consideraban opresoras.

 

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Claude Monet, Alameda en el río Epte, 1891.
Óleo sobre lienzo, 100 x 65 cm.
Colección privada.

 

Quien no dudó en abrazar este nuevo estilo para conseguir variados efectos en su pintura fue Vincent van Gogh, pues llegó incluso a realizar copias de algunas estampas de Hiroshige con la intención de estudiar a fondo su atrevida temática, sus colores intensos y la elegancia y sencillez de sus seguras líneas. En algunos trabajos posteriores de van Gogh se puede todavía apreciar esta influencia permanente en los contornos negros, el contraste de colores y las composiciones recortadas, características estas propias de los grabados japoneses.

Utagawa Hiroshige es el artista de ukiyo-e más reconocido en Japón y menos reconocido en el mundo occidental. Aunque La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai, es el ejemplo de estampa más repetido y en occidente todos le tienen por el mejor artista, en la lejana isla oriental este desconocimiento del que ellos consideran el gran maestro de la xilografía les hace sonreír. Para subsanarlo, la Pinacoteca de París presentó recientemente una exposición doble, L'art du voyage, en la que confrontaba la obra de de Vincent van Gogh a la de este genial artista, su principal inspiración.  El título de la muestra hace referencia no sólo a los viajes de Hiroshige desde Edo a Kioto, donde produjo una cincuentena de estampas, sino también al viaje interior que propone al observar la naturaleza en sus cuatro estaciones, contemplar el pasar del tiempo y examinar la vida de la ciudad como exceso de sensaciones que esta ofrece al cuerpo. Un lujo que fue descubierto en Europa en el siglo XIX y que ahora añadimos nosotros a nuestra colección.

 

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Utagawa Hiroshige, En los predios del santuario Akiba en Ukeji. Ukeji Akiba-no keidai, agosto de 1857.
Grabado en madera y color, 36 x 24 cm.
Museo de Arte de Brooklyn, Nueva York.

 

Pocas veces una expedición con intenciones tan mundanas y egoístas resultó en un beneficio tan extenso y renovador. Si no hubiera sido por el comodoro Calbraith, o más bien por el afán expansionista estadounidense, no sabemos cuándo hubiéramos tardado en poder disfrutar de este lindo hallazgo que sirvió a tantos artistas para renovar el orden pictórico establecido. Por una vez, agradezcamos las buenas consecuencias de una discutible acción que no hizo, nada más y menos, sino abrir las puertas a la modernidad.

En Parkstone tenemos los libros de Mikhail Uspensky y Edmond de Goncourt, Hiroshige y Ukiyo-e (en francés) respectivamente, que te servirán de iniciación para este viaje de fantasía y tradición que nos proponía la Pinacoteca de París. 

Saturday, October 20, 2012

La Belle Époque – Eine Hommage auf die Freizeit

Ein gemeinsames Frühstück im Grünen, danach ein Ausritt oder vielleicht eine Kutschfahrt? Zum Mittagessen in eines der schönen Restaurants am Grand Boulevard, dann ein ausgedehnter Schaufensterbummel, ein kurzer Plausch im Café und abends vielleicht ins Theater, in die Oper oder doch lieber zum Ballett?

Eine der großen Neuerungen, die die zweite Welle der Industriellen Revolution in Frankreich mit sich brachte, war die „Freizeit“. Die materielle und politische Absicherung des Bürgertums in der zweiten Hälfte des 19. Jahrhunderts ließ die Menschen der sogenannten Belle Époque optimistisch in die Zukunft blicken. Mit dem Wirtschaftsaufschwung ging auch ein kultureller Aufschwung einher: Neue Cafés, Ateliers, Galerien, Salons und Konzertsäle mit einem vielfältigen kulturellen Freizeitangebot wurden eröffnet.


Auguste Renoir, Der Spaziergang, 1870.
Öl auf Leinwand, 80 x 64 cm.
J. Paul Getty Museum, Los Angeles.



Édouard Manet, Portrait des Théodore Duret, 1868.
Öl auf Leinwand, 43 x 35 cm.
Paris, Musée du Petit Palais.


Die bildende Kunst wurde zum Spiegel dieser neuen freizeitlichen Vergnügungen.Wie kaum zuvor rückte der Impressionismus (ca. 1860 - 1900) den Menschen und das alltägliche Leben ins Bildzentrum. Auf Auguste Renoirs (1841-1919) Gemälde Der Spaziergang (1870) wird ein wichtiger Grundsatz der Belle Époque deutlich: Unabhängig von der Art der Freizeitbeschäftigung, sei es ein Opernbesuch oder ein Spaziergang im Wald, war es überaus wichtig, stets gut gekleidet zu sein. Die wohlhabende Oberschicht stellte ihren neuen Reichtum durch die Kleidung oft äußerst großspurig zur Schau. Man ging nicht mehr zum Schneider und ließ sich ein Nullachtfünfzehn-Kleid anfertigen, sondern blätterte zunächst in den zahlreichen Modezeitschriften, um dann bei dem 1845 aus Lincolnshire eingewanderten und schnell berühmt gewordenen „Modeschöpfer“ Charles Frederik Worth (1825- 1895) Schlange zu stehen.

Je nach Ort und Anlass galt es, einen bestimmten Dresscode einzuhalten. Die wallenden, bevorzugt in hellen Farben gehaltenen leichten Sommerkleider waren aufwendig mit Rüschen, Spitzen und Volants besetzt. Die Männer trugen schwarze Sakkos und Krawatte. Ein – bei den Damen mit bunten Bändern und Blumen geschmückter –Sonnenhut und Lederhandschuhe waren bei einem Ausflug aufs Land obligatorisch. Wer mochte, trug einen Stock, einen Fächer oder einen Sonnenschirm mit sich.Neben den einfacheren Kleidern für die Landpartie besaß die gut situierte Oberschicht je nach Anlass mehrere elegantere Stadtkleider. Für den Cafébesuch wurde natürlich nicht dieselbe Kleidung wie für das abendliche Dinner, den Besuch des Opernballs oder der Theaterpremiere getragen. Stock und Zylinder waren nach wie vor für den Mann und der das Gesäß auspolsternde „Cul de Paris“ sowie eine große beutelartige Handtasche für die Frau ein Muss.

Claude Monet (1840-1926), Auguste Renoir (1841-1919) und Edgar Degas (1834-1917) – um nur die drei bekanntesten französischen Vertreter dieser Epoche zu nennen – fingen mit ihren Werken nicht nur zahlreiche flüchtige Augenblicke des modernen gesellschaftlichen Lebens ein, sondern fungierten gleichzeitig als Spiegel der damaligen Modewelt. Unter diesem Blickwinkel sind in der aktuellen Ausstellung L'impressionnisme et la mode im Musée d’Orsay in Paris noch bis zum 20. Januar 2013 neben den impressionistischen Gemälden originale Hüte und historische Kleidungsstücke ausgestellt. Ein Höhepunkt der Ausstellung ist das von Albert Bartholomé (1848-1928) gemalte Porträt seiner Frau Prospérie (1849-1887) in einem weiß-blau gepunkteten Sommerkleid, das neben dem Gemälde durch eine Glasvitrine geschützt im Original bewundert werden kann. Nähere Informationen über den Impressionismus, seine Geschichte und seine Vertreter finden Sie auch in dem von Parkstone-International herausgegebenen reich bebilderten E-Book Impressionismus.

 

-C.Schmidt