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Wednesday, January 2, 2013

La posmodernidad del Barroco

Siempre se ha dicho que el tiempo es cíclico, y como él, la historia. Eso lo hemos visto en modas, movimientos políticos, religiones y, cómo no, en el arte. En esta época de crisis total, en la que ni los valores, ni la economía, ni por supuesto la política, están al margen de los vaivenes del mercado, no es de extrañar que resurja con fuerza el movimiento artístico de la crisis por excelencia: el Barroco (que ahora se da bajo el nombre de Neobarroco).

Este movimiento, nacido en la Europa del siglo XVII, fue la respuesta a una gran crisis política, religiosa y económica, época de grandes adelantos científicos que dejaron al hombre en una posición inestable, consciente por primera vez en mucho tiempo de su individualidad y fragilidad. Para Maravall, la cultura de esta época era «dirigida» –enfocada en la comunicación–, «masiva» –de carácter popular– y «conservadora» –para mantener el orden establecido–. Así pues, cualquier obra debía estar enfocada a la fácil transmisión de un mensaje al público, y éste debía estar dispuesto de tal manera que la gente comulgara y se entusiasmara con él. Asimismo, este mensaje estaba al servicio del poder, que era el que pagaba los costes de la obra de arte. ¿Nos va sonando?

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Diego Velázquez, Las meninas, c. 1656
Óleo sobre lienzo, 318 cm x 276 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid.


No es de extrañar que, ante estos indicios, Severo Sarduy dedicara un estudio al tema y llegara a la conclusión de que lo que tenemos ahora debería llamarse Neobarroco, que diluye la frontera entre el buen gusto y el mal gusto (vamos, que lo kitsch está de moda, véanse Belén Esteban o Delfín Quishpe, más conocido como Delfín Hasta el Fin). Eso por no nombrar a los hipsters, esa tribu urbana de la que nadie forma parte (no es hipster decir que eres hispter) pero que inunda nuestras ciudades de cultura pop, «cuanto más cutre más mola». Y es que lo que se lleva ahora es ser un freak. Por suerte, algunos de nosotros también hemos heredado del Barroco el pensamiento crítico que conlleva y sabemos leer más allá del horror vacui.

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Bartolomé Esteban Murillo, Anciana despiojando a su nieto, 1970-1975.
Óleo sobre lienzo, 147 x 113 cm.
Alte Pinakothek, Múnich.


Si quieres aprender un poco más acerca de la revisión posmoderna del Barroco, aún tienes unos días para acercarte a la Art Gallery of Alberta, en Canadá, para visitar «Misled by Nature: Contemporary Art and the Baroque». Si prefieres el original, puedes disfrutar en casa de Baroque Art (en inglés).

Tuesday, October 30, 2012

Bernini: una experiencia casi religiosa

Las imaginativas esculturas sinuosas, curvilíneas y biseladas de Gian Lorenzo Bernini son claros ejemplos del dinamismo y el efectismo del barroco. Todos los artificios y trampantojos que caracterizan a este estilo no tenían otro objetivo que impresionar y emocionar al espectador. Para lograr este fin, Bernini estudiaba cuidadosamente la perspectiva y jugaba con los materiales y la luz. Su afición al teatro era bien conocida y, por ello, muchos de sus conjuntos escultórico-arquitectónicos —inspirados en el gran Miguel Ángel— tenían un marcado carácter escenográfico. No dejaba nada al azar, tal como nos lo presenta la exposición del Metropolitan Museum of Art, «Bernini: Sculpting in Clay»; construía sus figuras en miniaturas de arcilla que modelaba con los dedos y algunas herramientas antes de comenzar a trabajar en el mármol.

 


Éxtasis de santa Teresa, 1645-52.
Mármol, 350 cm.
Capilla Cornaro, iglesia de Santa María de la Victoria, Roma.


 

Una de las composiciones más teatrales de Bernini es este Éxtasis de santa Teresa que plasma un momento en el que el amor de Dios traspasó el corazón de la Santa, tal como lo describe en su Libro de la vida:

Veía un ángel cabe mí, hacia el lado izquierdo, en forma corporal... Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.


Esta experiencia mística se denomina «transverberación» o «transfixión» del corazón y se considera un verdadero regalo divino. Ciertamente, se puede percibir una carga sexual en la descripción del mismo por parte de la Santa, pero su propósito era inspirar fe y la única forma de hacerlo en términos comprensibles para el espectador era comparándolo con sentimientos que este haya podido experimentar. El conjunto escultórico de Bernini está construido con esta misma finalidad. Una ventana oculta permite que la luz se deslice por los rayos de bronce y caiga sobre las níveas figuras de Santa Teresa y el ángel, que parecen suspendidos en el aire bajo un fresco que imita al cielo. Las ropas del ángel son livianas y vaporosas, lo que contrasta con la pesadez del vestido de la Santa y establece una clara contraposición entre lo terrenal y lo divino. La expresión de Santa Teresa es al mismo tiempo de placer y de profundo dolor, mientras el ángel sonríe complacido. Por último, Bernini quiso hacer aún más manifiesto nuestro papel de espectadores del milagro mediante dos relieves que representan los palcos del «teatro».

Si quieres participar en el juego de las esculturas barrocas y dejarte seducir por ellas, no te puedes perder la exposición del MET, que permanecerá abierta hasta el día de Reyes del año que viene, ni estos magníficos libros sobre el arte barroco y la escultura de Victoria Charles.

 

Monday, September 17, 2012

Las mujeres de Rubens tienen curvas

En un mundo dominado por la delgadez extrema parece que no hay sitio para las mujeres del Barroco, las que tienen curvas, las de toda la vida. Por suerte, hemos superado el aspecto enfermizo de Kate Moss en los 90, pero sólo hay que ver la transformación de Maribel Verdú (como diría un amigo «a mí me gustaba antes de que se arguellara») para darse cuenta de que nos queda mucho camino. Sobre todo cuando alguien te dice que le gusta Giselle Bündchen «porque es una modelo con curvas». Seamos serios, alguien que mide 1’80 y pesa menos de 60 kilos puede ser guapa, atractiva, sexy si quieres, pero no puedes decir de ella que tenga curvas y hacer eso es engañar a las adolescentes que bastante tienen ya con los cambios que se operan en su cuerpo como para encima tener que aguantar la presión social.


Peter Paul Rubens, Venus el espejo, 1614/1615.
Óleo sobre tabla, 123 x 98 cm.
The Princely Collections, Lichtenstein.


Por suerte, campañas como la de «Belleza real» de una conocida marca de cosméticos nos devuelven a la realidad (ya sé que la corporación posee otras marcas que lanzan el mensaje contrario, pero no por eso el primero deja de ser bueno), que se asemeja más a los cuadros de Rubens que a las fotos arregladas que publican las revistas (artistas actuales se hacen eco de esto). Y es que estas mujeres, las de Rubens, no estaban gordas, eran simplemente reales. Seguramente ya habrían tenido algún que otro hijo, su piel estaba fláccida en algunos puntos e incluso podemos apreciar la celulitis. Ahora que levante la mano aquella que no tenga piel de naranja.


Pedro Pablo Rubens, Las tres Gracias, c. 1635.
Óleo sobre tabla, 220,5 x 182 cm.
Museo Nacional del Prado, Madrid.


Sé que las modas cambian, que la belleza es subjetiva y depende de la época. Obviamente el siglo XVII tenía un canon diferente (como dice Wislawa Szymborska «no tiene qué darle a las planas») y no estoy defendiendo la obesidad en absoluto; hacer algo de deporte (lo que te guste) y llevar una dieta sana es importante y si tus genes acompañan no necesitarás más. Si no tienes esa «suerte», matarte de hambre y dejarte la piel en el gimnasio por entrar en una 40 no debería ser tu objetivo en la vida. Y eso de que «nada sabe mejor que estar delgada», en fin Kate, yo personalmente prefiero el chocolate.


Peter Paul Rubens, El desembarco de María de Médici en el puerto de Marsella (detalle), 1622-1625.
Óleo sobre lienzo, 394 x 295 cm.
Musée du Louvre, París.


Si quieres apreciar las curvas de mujeres reales del siglo XVII, puedes acercarte a la exposición de Rubens en el Von Der Heydt-Museum, Wuppertal desde el 16 de octubre hasta final de febrero del próximo año. Si te apetece disfrutarlas con más tranquilidad o no quieres esperar un mes a verlas, hazte con un ejemplar de Rubens o arte barroco de Victoria Charles.