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Thursday, April 11, 2013

«Dejad que vea si mi pie entra en ella»

A veces, parece acertado definir el paso a la edad adulta como una sucesión de mitos despatarrados: narraciones maravillosas que asimilamos en la infancia y cuya falsedad se nos hace evidente con los años. Descubrimos, por ejemplo, que (¡atención, niños!) son las macetas del salón y no los camellos de los Reyes Magos las que se beben el agua que dejamos junto a la chimenea en la víspera la Epifanía, que los ratones no tienen el más mínimo interés por nuestros dientes de leche, que el príncipe encantador nunca llegará montado en su blanco corcel (es más, parece que la realeza sale un poco rana últimamente) y que la Luna en realidad no nos acompaña a casa por las noches.

También hay mitos más pequeños, sutiles y personales que estos. En mi caso, uno de ellos fue el de las zapatillas de cristal de la Cenicienta. La protagonista de este cuento inmortal recibe por gracia del Hada Madrina «vestidos de oro y seda recamados de pedrería (...) [y] unas chinelas de cristal, las más lindas que humanos ojos hayan visto».* Como podéis imaginar, mis pequeños ojos humanos se extasiaban ante la imaginaria belleza de tales zapatos: ¡qué prodigios debía obrar la buena magia del hada para que la Cenicienta bailara hasta la medianoche en ellos, y para que incluso fuera capaz de correr!

 

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Zapato de tacón, 1961.
Diseñado por Roger Vivier.
Cuero, seda, vidrio, plástico, metal e hilo metálico, longitud: 24,8 cm.
Donación de Valerian Stux-Rybar, 1980.
The Costume Institute, The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

 

Por desgracia, mi gozo se cayó a un pozo profundo hace ya unos cuantos años, cuando empecé a estudiar francés —esa arte diabólica que es— y me dijeron que el cristal era probablemente resultado de un equívoco entre los homófonos verre (‘cristal’) y vair (‘cuero de un tipo de ardilla’) del bueno de Perrault allá por el siglo XVII. Así pues, los zapatos que llevaba Cenicienta debían ser de piel curtida más bien mate y cenicienta, como su portadora y como mi espíritu después de tamaña desilusión. (Lástima que Disney hiciera archifamosa la versión francesa y no la de los zapatos bordados de plata y seda de los hermanos Grimm).

 

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John Everett Millais, Cenicienta, 1881.
Lord Lloyd Webber Collection.

 

No obstante, en el fondo tiene más sentido que Cenicienta llevara unos zapatos poco lustrosos, ya que el Príncipe debía enamorarse de su alma pura y su buen corazón, y no de una vestimenta caduca... aunque algo me dice que esta conclusión probablemente sea fruto del razonamiento que los adultos utilizan para suplir el desencanto. En el mundo real no hay chinelas de cristal, chapines colorados, zapatillas rojas ni botas de siete leguas, pero encontramos zapatos vanidosos, arrogantes y llenos de personalidad —manoletinas o merceditas, bailarinas, mocasines, botines, zapatos Oxford, bambas o playeras, plataformas, cuñas, deportivas, sandalias...—. Nos ponemos (o se nos ponen) zapatos por motivos puramente estilísticos, por comodidad, para aliviar el dolor, para ser el foco de las miradas, para que nadie dude de la clase a la que pertenecemos, para ir a la iglesia en domingo, para calzarnos menesteres que nos vienen grandes, para correr maratones, para subir montañas, para soportar largas jornadas de trabajo sin tiempo para sentarnos, para bailar un tango al vaivén de otro... Y así ha venido siendo desde el primer ser humano se atara un trozo de cuero al pie.

En palabras de aquel niño adulto, «Mamá decía que puedes saber mucho de las personas por los zapatos que usan»; y así es como nos presenta el The Costume Institute del MET su colección permanente de 5.000 zapatos de todo el mundo y todas las épocas (desde el siglo XIV hasta la actualidad, y aun anteriores a través de las representaciones artísticas). Y si eres una Gabriela que a menudo pierde un zapato y prefieres quedarte en casa para no arriesgar, no dejes de aprenderlo todo sobre estas obras de arte para los pies con Zapatos, de Klaus Carl.

*Traducción de Teodoro Baró de los Cuentos de Hadas de Charles Perrault (Barcelona: Librería de Juan y Antonio Bastinos, 1883).

Tuesday, March 26, 2013

El señor de las sombras

Este podría ser un buen apodo para Michelangelo Merisi da Caravaggio si por casualidad le hiciera falta algún tipo de presentación a este genio del claroscuro del siglo XVI. Aunque no sería únicamente por su maestría en el empleo de las luces y las sombras en sus cuadros, sino que serviría asimismo para describir su vida personal, la cual estuvo acompañada también por la presencia de jugosas tinieblas. Muchas veces hemos oído hablar de la pendenciera vida de este artista que llegó «desnudo» a Roma y que falleció de una manera sin dilucidar, abandonado por todos, cuando intentaba regresar a la capital para obtener el enésimo perdón papal. Son tantas las dudas que se albergan sobre su novelesca vida que puede que el mito y la leyenda que le acompañan sean incluso más conocidos que su obra. De hecho, en la única película que se ha producido sobre Caravaggio (Derek Jarman, 1986) no es que se le represente como un dechado de virtudes artísticas, que también, sino que le vemos jugándose el dinero en partidas a media luz, involucrado en reyertas con maleantes y siempre, o casi siempre, sin sed.

 

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Jugadores de cartas o Partida de cartas, (I bari), 1595.
Óleo sobre lienzo,99 × 107 cm.
Kimbell Art Museum.


 

Es difícil determinar la cantidad de situaciones complicadas en las que se pudo ver envuelto o cuáles fueron los motivos que le llevaron a tener que huir tantas veces ―solo se suelen aducir faltas a la moral, algo que puede abarcar muchos tipos de deslices muy distintos entre ellos―, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que tuvo que repintar algunos de sus cuadros por la falta de adecuación con el ideal cristiano de la época. Con frecuencia, pintaba a los santos en sus cuadros tomando como modelo personas que escogía de la calle o de los tugurios en los que alternaba. El extremo realismo que caracterizaba a sus cuadros hacía que el público de las obras no viera con buen agrado la fealdad, la voluptuosidad, la ropa gastada, o hasta la mugre con que representaba las figuras bíblicas. No es de extrañar, por tanto, que si su pasión por jugar con todo aquello que bordeara la legalidad, sumado a la provocación que sus obras despertaban en la gente y aderezado con la falta de paciencia que se dice padecía, hiciera que se viera en tesituras dignas de hacer de su vida una digna contendiente de su habilidad artística excepcional, hasta el punto de rivalizar en fama hoy en día con los mismísimos Michelangelo o Leonardo da Vinci.

 

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La muerte de la virgen, 1605/06.
Óleo sobre lienzo, 349 x 245 cm.
Musée du Louvre, París.


 

Para ayudarnos a comprender la relación entre su personalidad y su obra, el LACMA (Los Angeles County Museum of Art) presentaba hace poco una exposición con 56 obras de artistas de Italia, España, Francia y Holanda que retomaron en el siglo XVII el legado de esa belleza y extrañeza que hacían de las obras de Caravaggio una fuente de emociones sublimes. La presencia de ocho obras de este enigmático artista, una cantidad récord en un museo norteamericano, hacía posible observar la evolución del artista y, por medio del análisis de la personalidad del artista, relacionar su pasión, además de su brutalidad, con las cualidades únicas de su trabajo.

Como esta exposición ya nos la hemos perdido y de momento no podremos verla en ningún otro lugar, tendremos que acudir a los excelentes libros de Felix Witting (en inglés): Caravaggio, Michelangelo da Caravaggio y Caravaggio, en los que podremos encontrar una exhaustiva colección de obras del artista, para poder deleitarnos con el juego de luces y sombras que presiden sus pinturas, e imaginar, al observar detenidamente las figuras representadas, el ambiente en el que se movía el mito.

Exposición: Bodies and Shadows: Caravaggio and His Legacy, LACMA.